jueves, 13 de noviembre de 2008

Segundos de belleza

Viejito, camina lento y pausado. Los años le pesan en las piernas y el tiempo se duplica al verlo pasear en la niebla. El agua de lluvia cae tan suave que casi no existe, es en realidad solo un velo blanco o grisáceo que cubre todo el espacio. Un señor enciende un cigarrillo mientras el débil fuego ilumina su rostro por apenas un segundo. El gigante de piedra se alza justo en medio de la plaza. Su talante se ha hecho grande con el pasar de los años. Casi no puedo ver la torre en su totalidad pues esta se pierde entre la niebla. No obstante, en lo alto descubro un mínimo haz de luz amarilla, esa haz que otorga un carácter dramático al momento. Mientras tomo mi café ambos señores han ya desaparecido, el fumador compulsivo lo ha hecho raudo mientras el viejito apenas acaba de desaparecer entre la llovizna. Se hace tarde y unas prostitutas caminan en la otra esquina, ofrecen sueños a los transeúntes anónimos que se escudan bajo algunos innecesarios paraguas. Ahora el suelo está húmedo y brilla, y en él, se ven los débiles reflejos de las luces como estrellas perdidas en lo más lejos del firmamento. Y con el espacio bajo mis pies, comienzo infructuosamente a dibujar el momento, pues no es sino al segundo, que las palabras salen raudas a través de mi carbón. Es la torre y su luz, es el viejito quien llamó mi atención, es la llovizna la que dramatiza un momento supuestamente cotidiano, no lo sé, solo sé que un conjunto de cosas proveen al momento más común, de una belleza extraordinaria. No estoy extasiado, no estoy encandilado ni prendado, es solo una belleza inesperada que se manifiesta con la detención del tiempo. Nada titila ni destaca, es una conjunción perfecta en un momento inesperado. Mi café se ha terminado y el boleto para entrar al cine dice que ahora debo partir...

Alguna plaça de Barcelona