jueves, 27 de febrero de 2014
viernes, 30 de diciembre de 2011
La cucaracha.
Bajo la luz de una linterna,
sumergido en el reflejo,
el día ha desaparecido.
Kilómetros de serpenteo,
desde la cordillera rumbo al mar,
el sol se derrite dorado en mi rostro.
Pasamos de un balseo a otro,
atravesando una historia difusa,
de una draga, de una mina de oro, de un puente ferroviario con más de cien años.
Un sol seco en el rostro,
un viento en contra y olas perpetuas machacaron el ánimo hasta casi decir basta.
Seguimos remando obstinadamente hasta dar con la cucaracha,
y me encuentro aquí,
hundido en el pasado,
bajo la negrura y la luna llena.
Rio San Pedro, XV región de los ríos.
martes, 22 de noviembre de 2011
jueves, 27 de octubre de 2011
despierto...
Ojos pesados que cayeron como el plomo. Despierto después de horas de somnolencia, surrealismo vivo y permanente. Luz del alba azulada y pareja que logra traspasar dos viejas cortinas en una habitación media húmeda y con ese olor texturado que sabe a viejo. Paredes acanaladas y deslavadas; las veo bien pues ya llevo varios minutos despierto y mis pupilas se han adaptado a esta penumbra que poco a poco empieza a desarrollar los detalles de habitación que no conozco. Un hoyo con marco de cuadro recorre delgadamente toda la verticalidad del espacio, como enmarcando apenas un fragmento de la ciudad afuera. No la veo pues la cortina vieja está cerrada. Todo en esta habitación es una fotografía antigua, como mi cuerpo destruido por no poder descansar sobre una cama que parece de cemento.
Después de un rato me despierta del trance la voz de la Sole, la señora que administra este lugar. Fuerte y sonante, como melodías acompasadas que van y se pierden en los pasillos ahí afuera. Desayuno de mochilero y bajo por un pasillo casi intersticial, totalmente oscuro. Al menos a treinta gradas antes de llegar al final, una puerta angosta de dos metros y medio de alto se abre por la mitad como acentuando lo dramáticamente vertical de ese espacio.
Afuera ya está claro. Veo pendientes bajar y subir pero sin pistas aún de donde estoy. Todo es aún muy cotidiano. Un caballero plateado saluda a una mujer en pijama que riega una maceta justo afuera de su puerta, no tiene jardín entonces la calle afuera de su puerta es el suyo. Aparecen casitas de colores, una al lado de la otra, cada una de distinto color. La perspectiva se pierde inmediatamente pues la calle dobla a unos cuantos metros de donde estoy parado. A medida que aclara, los rayos de sol se hacen fuertes y contrastan las sombras cada vez más oscuras con los colores cada vez más llenos de vida. Colores que se funden en el arte que inunda todas las paredes que tengo en esta pequeña y efímera perspectiva. Estoy en un pequeño barrio confinado por ángulos obtusos. La pendiente acusa un cerro y cerro abajo el sol aclara y cerro arriba se asoman más casas detrás de la casas. Asomadas como media tímidas buscando mirar hacia abajo.
Al caminar doy vuelta en dos esquinas y después de subir y bajar unas escaleras, me veo envuelto en una maraña que me lleva al punto de partida. Caminé apenas unos 100 metros y me perdí de inmediato. Paso a través del estrecho intersticio que dejan dos casas. Este espacio oscuro como la negrura deja ver apenas un tajo se luz absoluta que entre cables permite gozar de mi primera vista, el mar. El mar justamente como no se le ve a menudo, en vertical. Una postal que recorre todo el espectro desde la mugre que hay entre los adoquines bajo mis pies, subiendo por edificios a lo lejos, enmarcándose entre dos casas que dejan pasar el silencio del viento, y termina en el cielo recortado azul profundo enmarañado de cables sin sentido.
Me pierdo de nuevo, pero tras dos vueltas ya empiezo a entender sentido de este barrio-cerro por el cual estoy caminando. Es un barrio que pareciera no terminar nunca, pero encuentro el sentido al subir y encontrar esa vista eterna sobre el mar, y al bajar y no saber como llegar a él. Asomo mi cabeza sobre techumbres de canales oxidados para tener esa vista. Veo cerros, así como las casitas, uno detrás de otro, perdiéndose en la lejanía. No logro descubrir un horizonte claro. es como si después de perderme en pequeñas calles, levanto la vista y descubro que en realidad estoy metido dentro de un laberinto urbano.
Al saltarme de cerro en cerro me paso de puntillas a quebradas, de luz a sombra, de proyección sobre el mar absoluto e infinito, a introspección. Las calles me han llevado en pocos pasos a sentir emociones contrastantes. Recorro el cerro suavemente a través de sus calles tangenciales, suaves curvas que me llevan elegantemente a través de la topografía. Luego subo por escaleras enredadas, verticales e infinitas. Escaleras tan verticales que casi puedo respirar sobre los peldaños que vienen, y que al darme vuelta sobre le paisaje casi puedo sentir como estoy colgado sobre él, suspendido del cemento seco sobre el vacío más liviano. Recorriendo entre casas, descubro uno que otro restorán, uno que otro hostal, uno que otro recoveco urbano-doméstico, con calzones colgados sobre las calles. A veces camino por estos espacios residuales y no logro distinguir si lo que estoy pisando es el jardín de alguien, o solo una pasada extremadamente estrecha.
En una de todas esas pasadas me vi recorriendo una escalera que mientras bajaba, iba doblando siembre sutilmente hacia la izquierda. Escalera absolutamente contenida por muros y enredaderas suspendidas. Escalera envuelta en absoluta penumbra. De tanto doblar y doblar casi pensé que daría la vuelta completa, como lo haría un espiral. Caminando tentativamente me puse a pensar si es que ya había despertado o seguía sumergido en ese surrealismo pesado en el que estaba antes. Como Alicia en el país de las maravillas, como medio drogado por una percepción densa, inquieta por la incertidumbre del espacio, pero satisfecha por la emoción de la sorpresa detrás de cada giro.
Al final de dar un montón de vueltas sobre pasillos, calles, senderos intersticiales, escaleras infinitas, llego a un mirador en lo alto del cerro. Por fin, ya no estoy asomado, sino colgado completamente observando la ciudad de escorzo. Veo los cerros de colores perderse uno detrás de otro en la bruma que sube desde el mar. En el plan, un trozo de ciudad muy pequeño que es habitado por algunos edificio medio industriales y el mar detrás de ellos. En ese lugar hay otra escala, una escala más urbana, menos humana, ciertamente menos cotidiana. Un funicular tan viejo como los granos de oxido que visten casi todas las casas me hace el viaje para bajar varios metros desde el mirador hasta el plano más bajo.
Abajo todo es distinto, mientras arriba en el cerro escasamente pude ver algún automóvil o motocicleta, acá abajo ya he tenido que esquiar con rapides un par de ellos. Ahora me doy cuento que allá arriba todo era más lento, junto con mi caminar. Me cruzo con mucha gente, entre las veredas de absoluta oscuridad, donde apesta la humedad, y las otras más iluminadas, expuestas al ahora calor infernal, seco. Solo una brisa marina que viene de algún lugar cercano, hace el calor un poco menos insoportable. Y así, desvariando el caminar entre el frío húmedo y pestilente de la oscuridad y el calor implacable, busco el sendero de la brisa. Traspaso gigantes de cemento hasta llegar al borde. No le podemos llamar borde en realidad ya que aún hay una faja de ferrocarriles entre el mar y yo. Pero el espacio se abre tanto como puedo. No se fuga sobre el infinito, pero me hace voltear y ver por primera vez el cerro desde el plan.
Después de un buen rato de someterme a ese calor, recalo en un muelle extenso. Una explanada interesante. Un antiquísimo puerto industrial con grúas en desuso, que se meten muy adentro hacia el mar. En el extremo más alejado del borde logro tener una comunión más táctil con el mar, pues al reventar sus olas, el viento levanta pequeñas gotas de agua que logran llegar a mi rostro. El sonido deja mi mente en trance, como para seguir pensando en que lo que estoy viviendo es parte del sueño. La repetición rítmica me deja medio adormilado mirando al mar perderse en la curvatura del horizonte. Dar la vuelta es encontrarse nuevamente con ese cerro de frente. Ahora si que me percato, el trance desaparece y nace la atención sobre todas la miniaturas que adornan el cerro y que antes percibí como grandezas alegres, otras más intimidantes. Vr el cerro de frente, como desde un bote es darse cuenta de como estos se ordenan. Es ver el laberinto desde arriba. Todo muy claro, la maraña, el racimo de casas aparecen resueltas en lineas muy elegantes, siguiendo acompasadas las curvas y contracurvas de los cerros.
Después de horas, no me queda otra que volver a adentrarme en el universo doméstico del cerro, del color y del arte sobre los muros. Volveré a leer pasajes de Neruda sobre las pierdas y planchas acanaladas de zinc. El oxido construirá mis sombras y los colores vivos mis luces. Voy a subir y bajar las mismas escaleras enmarañadas y participaré de casas que se susurran, balcones que se saludan y conjuntos que bailan con la danza de las cotas. Los trapos suspendidos acusarán los caprichos del viento, y las ventanas volverán a asomarse unas detrás de las otras para buscar el derecho irrevocable de este cerro que es el de mirar. Observar para detener el tiempo y ensimismarse sobre la vida del Puerto, tal cual lo hizo Lukas con su pluma.
Despierto...
domingo, 2 de octubre de 2011
Puerto de vertigo, puerto de calma...
Puerto de la soledad, puerto del silencio
del griterío sordo y del baile eterno.
Puerto de la pasión, del encuentro fortuito,
se esfuma en tu laberinto, el que recita versos al viento.
Caminando del suelo al cielo,
entre recovecos y escaleras enredadas.
Con ojo en mano,
intentando retratar el tiempo,
la humedad y el aroma a historia.
Subiendo o bajando,
siempre viendo los poros desgarrados del suelo sinceros.
Estrechos intersticios verticales de ropa tendida,
que dan a paisajes enmarcados.
Caminando entre racimos de casitas,
que se asoman tímidas para buscar el mar.
Princesas encaramadas que se susurran cosas de reojo,
que gritan en sus heridas abiertas,
que danzan al ritmo de una cota que se esconde en las quebradas..
y que emergen en busca de los horizontes de un cerro arrogante que se busca a si mismo.
Puerto de esquinas que abrazan el cielo,
del contraluz y del cansancio extremo.
Muerto entre patios de oxidados pasados,
es como observar colores, pero con historia.
En los muros sangran una lírica
de una ciudad que opina en todas sus piedras.
Y un vestidito entre latas que baila con el viento,
dejándose recorrer en sus colores
a través del susurro del aire tibio que trae el aroma puerto.
Los lenguajes propios del puerto no imitan el habitar en los cerros,
mas es con la repetición espontánea
que hacen tenue su participación en el amor del cerro con el mar.
El manto que tiñe su vocación
y nos regala los espejismos de estrellas.
Negrura penumbra que nos hace perdernos en nuestro propia hogar.
En el intersticio de recuerdos que se fugan al mar...
Mar contenido entre redes, pero en el cielo.
Y se escapa en el vertigo de la verticalidad
entre dos muros que te atrapan...
y en suma calma,
por osar descansar un solo segundo.
Y termino encontrado contigo
viejos desconocidos viendo el pasado en la superficie de sus vasos.
Perdidos entre perros y harapos
apenas un puñado de viajeros libres
en la inmensidad del abrazo,
en la intensidad del reparo,
sin saber que ahí se encontrarían con su propia personalidad.
Valpo. 29 Sept. 2011
Valparaiso de la negrura calma...
lunes, 28 de febrero de 2011
el desprecio
miércoles, 9 de febrero de 2011
from south

Afortunado aquél que, en la marea alta de su vida, ha experimentado una dosis del entorno que más desea. En estos días de agitación y cambios violentos, cuando los valores básicos de hoy son los sueños vanos y rotos del mañana, hay mucho que decir a favor de una filosofía que aspira a vivir una vida plena cuando se presenta la oportunidad […] Después de todo, esas experiencias son las únicas posesiones que ningún azar del destino, ninguna catástrofe cósmica nos podrá arrebatar: Nada podrá alterar el hecho de que, por un momento en la eternidad, habremos vivido plenamente.
Eric Shipton (1907-1977)
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